S. Superstar

No quisiera convertir este blog en un monográfico sobre las andanzas de S., pero a menudo sucede que su comportamiento es el termómetro de lo que sucede en clase. Si bien es cierto que tras la regañina general de L. se ha notado una mejora tanto en el comportamiento como en el rendimiento académico de casi todos los alumnos -esto último, debido sobre todo a la inminente entrega de las notas de este trimestre-, hoy los ánimos (o los desánimos) andaban alteradillos. Será, digo yo, la llegada del buen tiempo… Después de tanto frío y tanta lluvia, dos días de sol han elevado la moral de la tropa quizás más de la cuenta. Si añadimos que estamos hablando de (no tan) niños y niñas con las hormonas en plena efervescencia, pues bueno, hasta cierto punto todo entra dentro de la normalidad.
Pero, volviendo a S., podríamos decir que para él no existe la total normalidad. Cuando está trabajando mucho y se está portando bien hasta resulta encantador, pero a los dos minutos puede empezar a hacer cosas raras y tienes que contar hasta diez para mantener la poca calma que te queda. Hoy ha vuelto a hacerse pis encima, no ha hecho ni caso a la logopeda, ha trabajado poco y mal, ha chinchado a la compañera que  se sienta a su lado…  Un auténtico show.
Ni siquiera le ha afectado mucho que en la mesa de la profesora haya estado bien visible durante todo el día la “cara enfadada” recortada en papel, algo que habitualmente no soporta, y que normalmente trata de convertir en una “cara alegre” mejorando su comportamiento.  En fin, S. se ha pasado un buen rato castigado en la biblioteca, y los demás, a esperar a ver cómo viene mañana.

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Expediente S.

S., el niño de mi clase con síndrome de Down, lleva unos días mucho peor. Si ayer vino con unos arañazos en la cara que él mismo se hizo, hoy ha vuelto a tener un comportamiento muy malo. Es muy posible que, entre otras razones, S. esté así porque lleva unos días con nueva logopeda. Nueva y encima mujer… ¡Más de lo que S. puede soportar! El primer día con ella, aparte de -por supuesto- acabar con su paciencia, se hizo pis encima. Pues bien, hoy ha vuelto a repetir su “proeza” durante la clase de Religión.  
S. es capaz de pedir permiso para ir al baño o aguantar un poco, pero está claro que lo ha hecho adrede aprovechando que hoy no ha podido venir el técnico que siempre le acompaña y su tutora y yo estábamos en otra clase, en un desdoble con los chicos que no hacen Religión.
Pero aquí no acabó todo, para colmo ha acabado pegando a una niña más pequeña en el recreo. Por aquí dice algún profesor que el gran problema es que los niños no le devuelven las “caricias”…
El tema S. es ciertamente peliagudo. La mayoría de profesores -entre los que me incluyo; ya tengo una opinión después de unas semanas de observación y convivencia con él-  creen que S. debería estar escolarizado en un colegio de Educación Especial.
Después de cuatro años en este centro, sus avances, sobre todo en autonomía, convivencia con los compañeros, normas de comportamiento e incluso en el desarrollo del lenguaje, han sido muy pequeños.
Su madre, que es logopeda del centro (de baja, yo todavía no la conozco) quiere que siga aquí, para tenerlo cerca y porque piensa que es mejor para él. Pero empiezo a darme cuenta de que es la única persona que piensa así. ¿Qué sucede? Que siendo una compañera -y con un carácter, según me cuentan, algo especialito- parece que no hay nadie que esté por la labor de decirle las cosas bien claras. 
Como decía, un asunto un tanto espinoso, en el que posiblemente S. acabe siendo el gran perjudicado.
Se supone que S. debe desarrollar ciertas capacidades y llegar a ser mínimamente autónomo. Desgraciadamente, no siempre va a estar su madre con él. Es ley de vida.