Expediente S.

S., el niño de mi clase con síndrome de Down, lleva unos días mucho peor. Si ayer vino con unos arañazos en la cara que él mismo se hizo, hoy ha vuelto a tener un comportamiento muy malo. Es muy posible que, entre otras razones, S. esté así porque lleva unos días con nueva logopeda. Nueva y encima mujer… ¡Más de lo que S. puede soportar! El primer día con ella, aparte de -por supuesto- acabar con su paciencia, se hizo pis encima. Pues bien, hoy ha vuelto a repetir su “proeza” durante la clase de Religión.  
S. es capaz de pedir permiso para ir al baño o aguantar un poco, pero está claro que lo ha hecho adrede aprovechando que hoy no ha podido venir el técnico que siempre le acompaña y su tutora y yo estábamos en otra clase, en un desdoble con los chicos que no hacen Religión.
Pero aquí no acabó todo, para colmo ha acabado pegando a una niña más pequeña en el recreo. Por aquí dice algún profesor que el gran problema es que los niños no le devuelven las “caricias”…
El tema S. es ciertamente peliagudo. La mayoría de profesores -entre los que me incluyo; ya tengo una opinión después de unas semanas de observación y convivencia con él-  creen que S. debería estar escolarizado en un colegio de Educación Especial.
Después de cuatro años en este centro, sus avances, sobre todo en autonomía, convivencia con los compañeros, normas de comportamiento e incluso en el desarrollo del lenguaje, han sido muy pequeños.
Su madre, que es logopeda del centro (de baja, yo todavía no la conozco) quiere que siga aquí, para tenerlo cerca y porque piensa que es mejor para él. Pero empiezo a darme cuenta de que es la única persona que piensa así. ¿Qué sucede? Que siendo una compañera -y con un carácter, según me cuentan, algo especialito- parece que no hay nadie que esté por la labor de decirle las cosas bien claras. 
Como decía, un asunto un tanto espinoso, en el que posiblemente S. acabe siendo el gran perjudicado.
Se supone que S. debe desarrollar ciertas capacidades y llegar a ser mínimamente autónomo. Desgraciadamente, no siempre va a estar su madre con él. Es ley de vida.

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Cada niño es un mundo

Hoy es uno de esos días que justifican unas Prácticas. Ha habido de todo: cambios en la organización/distribución de la clase, examen de países y capitales de Europa, atención preferente por mi parte a las tareas de dos niñas de Compensatoria, elaboración de fichas de trabajo para los alumnos en un frenético recorta y pega contrarreloj… Y para destacar por encima de todo, una distendida charla con mi tutora sobre los alumnos y sus familias.
Es así, conociendo -si te dejan, tampoco se trata de ser indiscreto- un poquito más de cada uno de tus alumnos, como realmente llegas a comprender algunas de sus actitudes. Padres que “pasan” por completo de sus hijos, otros, que por el contrario, les asfixian con una presión excesiva, problemas familiares de toda índole: económicos, afectivos… 
Llevo pocos días en el colegio, pero intuyo que es muy fácil encariñarse con estos niños. No pasa nada,  si aprendes a quererles y logras que te quieran, aunque sea un poco, tienes mucho ganado.